El factor energético en la crisis Ucrania-Rusia

Dr. Alejandro Chanona Burguete.

Profesor Investigador FCPyS, UNAM. Responsable del Proyecto de Investigación “Debatiendo los modelos de desarrollo y la seguridad humana”

La evolución y las respuestas a la crisis entre Rusia y Ucrania por el asunto de Crimea deben ser interpretadas más allá de los análisis sobre la recreación de la vieja Guerra Fría que confrontaba a la Unión Soviética (hoy Rusia) y a los Estados Unidos. Los intereses en juego trascienden la confrontación ideológica-militar y las reivindicaciones territoriales de Ucrania.

Lo que estamos viendo es un escenario donde los intereses geopolíticos y militares se conjugan con elementos de seguridad nacional y seguridad energética, tanto para Rusia como para la Unión Europea. Cierto, para Occidente Ucrania es valiosa en virtud de su posición dentro del tablero de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) o de su acercamiento con la Unión Europea (UE); mientras que para Rusia significa un territorio de influencia natural y el control del Mar Negro.

Hay un elemento que europeos y rusos comparten en sus perspectivas sobre Ucrania y es el valor que ese país tiene en materia de seguridad energética*. La posibilidad de que el conflicto se escale a una confrontación militar de largo aliento, es contenida por su impacto en los mercados energéticos de la región. La necesidad de garantizar el suministro de energía del lado europeo y el peso que la exportación de energéticos tiene en el desarrollo económico ruso, generan una interdependencia que le da una dimensión particular al conflicto.

El despegue y reposicionamiento que Rusia ha tenido bajo los mandatos de Vladimir Putin se sustentan en su poderío energético: las ventas de petróleo y gas suman el 70% de las exportaciones totales del país y aportan 52% del presupuesto. Para el país euroasiático, el mercado europeo representa el 84% de sus exportaciones de petróleo y el 76% del gas natural.

Del otro lado, la UE enfrenta un doble problema: la alta dependencia de la importación de energéticos (que supera el 50%) y la predominancia rusa como proveedor petróleo y gas. Países como Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania, dependen en 100% de ese suministro; mientras que economías poderosas como Alemania rozan el 40%.

Las crisis de abasto de gas a Ucrania en 2006 y 2009 mostraron la gran vulnerabilidad de la UE y abrieron las discusiones sobre el carácter de Rusia como aliado o agresor. Por ello, no es de extrañar que el trazado de los nuevos gasoductos entre Rusia y la Unión Europea, tanto en el Norte como en el Sur, (Nord Stream y South Stream) está pensado para evitar el territorio de Ucrania. Al mismo tiempo, a través de proyectos como Nabucco los europeos buscan alternativas que les permitan importar gas de otros proveedores de Asia Central (como Azerbaiyán o Turkmenistán) a través de Turquía, es decir sin pasar por Rusia ni por su área de influencia.

El punto fino es que, a pesar de los esfuerzos por diversificar las rutas de suministro, el 66% del gas ruso hacia Europa se continúa transportando a través de Ucrania y, las proyecciones hacia 2030 señalan que la dependencia de este proveedor se mantendrá en tasas del 30%. De esta manera, si se desata el caos en Crimea y se generaliza en Ucrania, se pone en riesgo la fuente de ingreso más importante para el gobierno Ruso -con sus consecuentes afectaciones en términos de seguridad nacional- y se vulneraría la seguridad energética de los europeos. Gracias a las reservas con las que cuenta y a los gasoductos Nord Stream y Yamal-Europa, Alemania podría sortear una disrupción del suministro de corto plazo. Sin embargo, países como Bulgaria y Hungría se verían sumamente afectados en el caso de cualquier afectación.

En suma, ni a la UE le conviene que se desestabilicen los suministros de gas, ni a Rusia le conviene dejar de vender a un mercado tan importante. Por eso, a la disuasión militar propia de la Guerra Fría se le han sumado los instrumentos de presión económica y diplomática para forzar la salida al conflicto. Ambos bloques se ponen a prueba para no llegar a la confrontación militar que a nadie beneficia. No hay duda de que la respuesta de Occidente ha sido cautelosa.

La UE ha optado por una “estrategia progresiva” que prioriza la presión diplomática en el marco de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC). Si bien hasta ahora se ha privilegiado la acción conjunta, uno de los retos para la PESC será precisamente mantener la unidad. El apoyo a la integridad territorial de Ucrania es una posición de principio, dadas las tensiones separatistas que enfrentan algunos miembros de la UE como España.

En tanto, la OTAN ha decidido suspender sus relaciones con Rusia y mantiene el juego de la disuasión, fortaleciendo las capacidades militares de países como Polonia y manteniendo abierta la posibilidad de incorporar a Ucrania como miembro. Mientras que Estados Unidos ha dado un primer paso a través de la imposición de sanciones económicas.

La crisis de Crimea es un juego político, diplomático y militar que gira entorno a la seguridad nacional de Rusia y la seguridad energética de la Unión Europea. Tanto Moscú como Washington, pasando por Bruselas, tendrán que cuidar la fiebre separatista en Ucrania para no desmembrar a dicha nación y quebrantar su viabilidad. En ese sentido y en términos de real politik, corresponde a cada potencia poner voluntad política para no desestabilizar la región.

Lo más delicado es que, al final del día, en el caso de una escalada militar de la crisis el gran perdedor sería no sólo la soberanía ucraniana sino sus ciudadanos que hoy dividen su lealtad entre Moscú y Bruselas.

*Para ampliar la información y debate sobre el tema de seguridad energética se recomienda: Alejandro Chanona Burguete (coord.), Confrontando modelos de seguridad energética, México: UNAM, 2013.

 

 

Los puntos de vista de los Asociados y Directivos del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI) representan únicamente su opinión personal. El COMEXI mantiene una posición neutral e independiente de cualquier opinión o juicio individual.

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